Castellano Valencià Echo raíces entre los recovecos de tu existencia. www.fotolog.com/recoveco
Vivimos rodeados de publicidad, y esta publicidad se apoya en imágenes. Las imágenes nacen, se reproducen y mueren en la televisión. Este aparato maneja unas reglas de comunicación audiovisual: por un lado la imagen, por otro el sonido, y en tercer lugar, la relación entre ambos.
En cuanto a la imagen, se busca un encuadre bello con una correcta exposición de luz. Hay leyes que estudian la correcta composición visual: la división de los dos tercios del cuadro, el peso de los colores, la relación de las formas, etc. En cuanto al sonido, diferenciamos entre el sonido codificado (el habla) y el no codificado (música y ruidos). El habla es el resultado de la comunicación entre personas. El emisor (televisión) lanza un mensaje al receptor (espectador). En la música y en el ruido, diferenciamos entre armonía y contrapunto. La armonía es la correcta relación entre una nota con la inmediatamente anterior y la inmediatamente posterior. El objetivo es una deseable armonía en el desarrollo horizontal del mensaje escuchado. El contrapunto es la correcta relación en vertical entre todos los sonidos que se realizan simultáneamente. No sólo físicamente en las ondas auditivas, sino mentalmente con las imágenes que aparecen al oír determinado sonido (al escuchar la palabra “amor” se nos presenta la imagen de un corazón). Finalmente existe la relación entre imagen y sonido: la sensación final del receptor del mensaje audiovisual. Una determinada imagen con un determinado sonido creará una sensación diferente a la sensación al ver la misma imagen con otro sonido (un ojo cerrándose con una melodía de caja de música dará una sensación de buenas noches; mientras que un ojo cerrándose con un sonido de disparo dará una sensación de muerte).
Éstas son las reglas con las que juega la televisión. Pero en nuestra experiencia diaria del vivir, ajena a ver la televisión, codificamos los estímulos que nos llegan como si fueran mensajes audiovisuales. Buscamos un encuadre bello dejando fuera de campo escenas molestas, de mal gusto, desagradables; tanto sociales como personales. Todo está en movimiento y es fácil no encuadrar determinados aspectos porque en seguida viene otro nuevo que silenciará el anterior. Es la dictadura de la actualidad y de la supuesta realidad, que acalla a las utopías con el único valor de que existe en este momento, que es actual. Dejando las imágenes a un lado y pasando al sonido nos centramos en el habla. Al dialogar, el emisor pasa a ser receptor y vicecersa, habiendo un trasvase de información de un ser al otro. El desarrollo del saber de la humanidad se comunica por palabras, pero las dichas en televisión tienen el puesto privilegiado, silenciando las demás. No hay diálogo urbano, únicamente existe el diálogo entre conocidos. Como palomas esperando migajas de pan, nos miramos con recelo los unos a los otros, sin hablarnos. En la armonía buscada, el sonido base es de los automóviles y las grúas de construcción, con palabras sueltas que se suman: compre, felicidad y amor son las más repetidas. Pero aún decidimos en el contrapunto: las notas que suenan a la vez. Sería nuestro día a día, los estímulos que dejamos pasar para que suenen en nuestra cabeza, para que influyan en las imágenes experimentadas y en nuestra sensación final, en nuestra manera de entender el mundo.
Somos seres sociales, que necesitamos el acto de expresión. Tanto con el resto de humanos como con uno mismo. No hemos repetido un mensaje al unísono en miles de años de existencia; y ahora es normal que al apagar la televisión a uno se le quede esa sensación de nostalgia de algo que no sabe concretar. No estamos acostumbrados a la televisión. Apaguémosla y discutamos.